Celeste y Rosa y… en la Constitución del Sujeto

Huevitos de colores

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El autor –a partir del ejemplo de una conocida golosina– examina la constitución del sujeto y su identidad sexual: diferencia entre un primer tiempo, en el que “el deseo de la madre se impone una violencia necesaria” sobre el niño, y un segundo tiempo, en el que otra violencia, “innecesaria y perjudicial”, podría “obstaculizar cualquier cambio que el sujeto quiera plantear en relación con los modelos instituidos”.

Por Leonardo Gorbacz *

Sobre el final de estas Pascuas se abrió paso en las redes sociales y medios de comunicación un debate insólito, a partir de un reclamo de la legisladora porteña María José Lubertino, ex presidenta del Inadi, quien criticó que los conocidos huevos Kinder vinieran en color celeste para niños y en color rosa para niñas, con juguetes distintos. Más allá de las bromas con que se respondieron esas expresiones –no está nada mal el humor–, creo que vale detenerse unos minutos a analizar con seriedad el debate que nos propone, porque en definitiva apunta al logro de objetivos loables que compartimos: la igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres, el fin de la violencia de género y la inclusión de todas las personas con su diversidad de identidades y orientaciones sexuales.

En su cuenta de Twitter, Lubertino expresó: “Rechazamos la venta diferenciada por colores y juguetes de huevos de Pascua Kinder, un retroceso para la igualdad de género” y luego agregó que “la división sexual comienza en la transmisión diferenciada de gustos y preferencias condicionadas que nos imponen desde que nacemos”. Más tarde, en una entrevista televisiva aclaró que “de lo que se trata es de que las pautas culturales no limiten ni cercenen las oportunidades que pueden tener los niños o las niñas”.

No habría que condenar tan rápidamente la imposición de pautas culturales. Hay que tener cierto cuidado de no generar en padres y madres la idea de que la transmisión de ideales o pautas culturales es un acto represivo y condenable, porque antes más bien es un hecho necesario en el proceso de constitución del sujeto. Este planteo supone que lo cultural actúa limitando indebidamente un desarrollo natural o espontáneo que tendrían niños y niñas si no fueran cercenados por esas pautas.

Sin embargo, sabemos que las cosas no funcionan así en el terreno de lo humano. El sujeto se constituye siempre a partir de una “imposición”: el deseo del Otro. Lo que la madre, o quien ejerza la función materna, quiere para ese bebé, y que incluye sus propios ideales, sus expectativas particulares para con ese niño o niña, y las pautas culturales donde esa relación se desarrolla. Esa primera “imposición” es necesaria para que luego, en un segundo momento, el sujeto constituya su singularidad mediante el proceso de separación o diferenciación.

En la separación, esas pautas pueden ser interrogadas o relativizadas a partir de ponerlas en contexto con otras, por la vía de una socialización que trascienda lo meramente endogámico, o a través de la rebeldía y el desafío que lleva a optar por ideales diametralmente opuestos, siempre poniendo en juego una terceridad. Pero también es posible que en ese segundo momento de diferenciación, el Otro materno (quienquiera que sea que ejerza esa función) sea incapaz de procesar la frustración que esa diferencia le genera, y que la terceridad no opere adecuadamente, con lo cual esa imposibilidad materna será un límite infranqueable para el sujeto. En ese caso éste termina asumiendo sin fisuras ese deseo, que se constituye así en mandato. Allí sí tenemos un grave problema en el proceso de subjetivación.

Pero el peor de los escenarios es que esas referencias tempranas, impuestas por el Otro, no existan en absoluto. Como ejemplo extremo de esa situación está el “hospitalismo”, descripto por el psiquiatra René Spitz, que demuestra que los bebés que no reciben estímulos afectivos de ningún tipo, por más que sean perfectamente atendidos en sus necesidades alimentarias y de higiene, enferman hasta morir.

Todo esto no significa que no podamos revisar ciertas pautas, por ejemplo las que establecen diferencias jerárquicas entre hombres y mujeres, o que los colores con que se identifican niños y niñas puedan variar con la época o en distintas culturas. Lo que no podemos variar es el hecho de que siempre habrá pautas culturales impuestas por el Otro en un primer momento de la constitución del sujeto, y que en todo caso la libertad y la singularidad de cada sujeto se jugarán en un segundo momento, en tanto esas pautas –deseos, ideales, creencias, pensamientos– presenten fisuras a partir de las cuales puedan ser interrogadas.

Piera Aulagnier, psicoanalista nacida en 1923 en Milán, hablaba de una “violencia primaria” para señalar que el bebé, niño o niña, necesita que el deseo de la madre se le imponga, para constituir su propia subjetividad. Son sus relatos, ideales y deseos, que incluyen las pautas culturales, los que permiten iniciar el proceso de subjetivación del niño o niña. Le llama violencia, porque es el otro el que impone, pero dice que es necesaria. También habla de una “violencia secundaria”, esta vez innecesaria y perjudicial, para referirse a un exceso de ese mecanismo que obstaculiza cualquier cambio que el sujeto quiera plantear en relación con esos modelos instituidos. Es la imposición, pero extendida hasta obstaculizar el proceso de separación.

Es decir, la crianza para la libertad no consiste en la desaparición de pautas a la espera de una supuesta aparición espontánea de las elecciones que cada sujeto trae en algún lugar de su ser, sino en el hecho de que esas pautas existan para que puedan ser interrogadas y reformuladas por cada sujeto en determinado momento de su constitución. La violencia primaria –imposición de las pautas– es necesaria. La secundaria –no dar lugar a que éstas sean interrogadas– no lo es.

También la legisladora Lubertino, a la que respeto y aprecio por su larga y tenaz lucha contra la discriminación y por su capacidad de contribuir con una agenda que ha logrado grandes progresos sociales en Argentina, escribió en su cuenta de Twitter: “Rosa las nenas y celeste los nenes. No sólo nos condena a una división innecesaria, sino que nos niega el resto de la paleta de colores”. Pues bien, tomando la interesante metáfora digamos que para que un sujeto construya su único y singular color, no necesita que el Otro le ofrezca todos los colores de la paleta. Eso significaría que todos esos colores ya están inventados, y sólo queda elegir dentro de lo dado, pero no crear lo propio. En verdad, el niño o la niña sólo necesitan que se les ofrezcan al menos dos colores, y que se den las condiciones para que él pueda hacer la propia y única mezcla, sin temor a que el Otro estalle por semejante herejía. En la paleta no son tan importantes los colores que se ofrecen sino los espacios vacíos para realizar la mezcla.

Además, no habría que preocuparse tan sólo por el color de los huevos, sino más bien por su dureza. Siempre es bueno poder romperle un poco los huevos a la madre, hasta encontrar esa inconsistencia que nos permite crear algo propio.

* Psicólogo, psicoanalista. Ex diputado nacional, autor del proyecto que dio lugar a la Ley Nacional Nº26.657 de Salud Mental.

Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/9-217223-2013-04-04.html

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