Desprincesación. Una mirada desde la literatura y la Educación Sexual Integral

Comparto una nota de Habíaunaveztruz

En relación a los textos literarios y la Educación Sexual Integral, otra de las temáticas que abordamos en la escuela Ameghino durante 2012, fue lo que denominamos “desprincesación”. La desprincesación apunta a des-princesar, es decir a poner en cuestión la representación cultural de la princesa, en tanto estereotipo de género y  la posibilidad de interrogarnos acerca de este “ideal femenino” que conforma un verdadero modelo para las niñas.

Para ello, trabajamos en conjunto con la Prof. Beatriz Argiroffo y las docentes de Nivel Inicial y Primer Ciclo. Encontramos textos con una mirada develadora y crítica por parte de sus autoras, que retratan a princesas rodeadas de ejércitos de sirvientes, que no actúan autónomamente, encapsuladas en castillos, alejadas del mundo real, sujetas al deseo de otros e inhabilitadas para muchas cosas, por ejemplo, jugar.  Lo valioso también reside en los “clicks” y giros que van teniendo las historias, inspiradas en valores de emancipación y justicia, en ruptura con los mandatos. Los cuentos que elegimos:

  • “Había una vez una princesa”, de Graciela Montes y Elena Torres.
  • “¿Está lista la princesa?”, de Graciela Repún, Florencia Esses y Valeria Cis.
  • “Historia de una Princesa, su papá y el Príncipe Kinoto”, de María Elena Walsh.

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Reflexionamos sobre el rol de las princesas, las existencias subalternas que las rodean, las situaciones planteadas y los modos en que se rompe con lo establecido. esta-lista-la-princesa-interiorFundamentalmente lo hicimos a partir de la narración (también puede utilizarse el audio, en el caso del cuento de M.E. Walsh, con su propia voz), la lectura de las imágenes (en el caso del libro-álbum ¿Está lista la princesa? los chicos y chicas van mirando las ilustraciones bellas y repletas de detalles mientras escuchan el relato), el debate a partir de interrogantes (uno de los cuentos está directamente estructurado en base a preguntas además) y la dramatización. Ésta última, en particular, resultó una experiencia muy rica y lúdica para las niñas y los niños que rotaban para hacer de princesa y lxs diferentes sirvientxs que bañaban, vestían, peinaban, daban de comer, etc., encontrando las palabras para esos diálogos.

A continuación, el cuento de Walsh, que forma parte de “Cuentopos de Gulubú” y su versión, en video.

Historia de una Princesa, su papá y el Príncipe Kinoto Fukasuka
Esta es la historia de una princesa, su papá, una mariposa y el Príncipe Kinoto Fukasuka.
Sukimuki era una princesa japonesa. Vivía en la ciudad de Siu Kiu, hace como dos mil años, tres meses y media hora.

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En esa época, las princesas todo lo que tenían que hacer era quedarse quietitas. Nada de ayudarle a la mamá a secar los platos. Nada de hacer mandados. Nada de bailar con abanico. Nada de tomar naranjada con pajita. princesa sukimokiNi siquiera ir a la escuela. Ni siquiera sonarse la nariz. Ni siquiera pelar una ciruela. Ni siquiera cazar una lombriz. Nada, nada, nada. Todo lo hacían los sirvientes del palacio: vestirla, peinarla, estornudar por… –atchís–, por ella, abanicarla, pelarle las ciruelas. ¡Cómo se aburría la pobre Sukimuki!princesa sukimoki 2
Una tarde estaba, como siempre, sentada en el jardín papando moscas, cuando apareció una enorme Mariposa de todos colores. Y la Mariposa revoloteaba, y la pobre Sukimuki la miraba de reojo porque no le estaba permitido mover la cabeza.
–¡Qué linda mariposapa! –murmuró al fin Sukimuki, en correcto japonés.
Y la Mariposa contestó, también en correctísimo japonés:

–¡Qué linda Princesa! ¡Cómo me gustaría jugar a la mancha con usted, Princesa!
–Nopo puepedopo –le contestó la Princesa en japonés.
–¡Cómo me gustaría a jugar a escondidas, entonces!
–Nopo puepedopo –volvió a responder la Princesa haciendo pucheros.
–¡Cómo me gustaría bailar con usted, Princesa! –insistió la Mariposa.
–Eso tampococo puepedopo –contestó la pobre Princesa.
Y la Mariposa, ya un poco impaciente, le preguntó:
–¿Por qué usted no puede hacer nada?
–Porque mi papá, el Emperador, dice que si una Princesa no se queda quieta, quieta, quieta como una galleta, en el imperio habrá una pataleta.
–¿Y eso por qué? –preguntó la Mariposa.
–Porque sípi –contestó la Princesa–, porque las Princesas del Japonpón debemos estar quietitas sin hacer nada. Si no, no seríamos Princesas. Seríamos mucamas, colegialas, bailarinas o dentistas, ¿entiendes?
–Entiendo –dijo la Mariposa–, pero escápese un ratito y juguemos. He venido volando de muy lejos nada más que para jugar con usted. En mi isla, todo el mundo me hablaba de su belleza.
A la Princesa le gustó la idea y decidió, por una vez, desobedecer a su papá.
Salió a correr y bailar por el jardín con la Mariposa.
En eso se asomó el Emperador al balcón y al no ver a su hija armó un escándalo de mil demonios.
–¡Dónde está la Princesa! –chilló.
Y llegaron todos sus sirvientes, sus soldados, sus vigilantes, sus cocineros, sus lustrabotas y sus tías para ver qué le pasaba.
–¡Vayan todos a buscar a la Princesa! –rugió el Emperador con voz de trueno y ojos de relámpago.
Y allá salieron todos corriendo y el Emperador se quedó solo en el salón.
–¡Dónde estará la Princesa! –repitió.
Y oyó una voz que respondía a sus espaldas:
–La Princesa está de jarana donde se le da la gana.
El Emperador se dio vuelta furioso y no vio a nadie. Miró un poquito mejor, y no vio a nadie. Se puso tres pares de anteojos y, entonces sí, vio a alguien. Vio a una mariposota sentada en su propio trono.
–¿Quién eres? –rugió el Emperador con voz de trueno y ojos de relámpago.
Y agarró un matamoscas, dispuesto a aplastar a la insolente Mariposa.
Pero no pudo.
¿Por qué?
Porque la Mariposa tuvo la ocurrencia de transformarse inmediatamente en un Príncipe. Un Príncipe buen mozo, simpático, inteligente, gordito, estudioso, valiente y con bigotito.

El Emperador casi se desmaya de rabia y de susto.
–¿Qué quieres? –le preguntó al Príncipe con voz de trueno y ojos de relámpago.
–Casarme con la Princesa –dijo el Príncipe valientemente.
–¿Pero de dónde diablos has salido con esas pretensiones?
–Me metí en tu jardín en forma de mariposa –dijo el Príncipe– y la Princesa jugó y bailó conmigo. Fue feliz por primera vez en su vida y ahora nos queremos casar.
–¡No lo permitiré! –rugió el Emperador con voz de trueno y ojos de relámpago.
–Si no lo permites, te declaro la guerra –dijo el Príncipe sacando la espada.
–¡Servidores, vigilantes, tías! –llamó el Emperador.
Y todos entraron corriendo, pero al ver al Príncipe empuñando la espada se pegaron un susto terrible.
A todo esto, la Princesa Sukimuki espiaba por la ventana.
–¡Echen a este Príncipe insolente de mi palacio! –ordenó el Emperador con voz de trueno y ojos de relámpago.
Pero el Príncipe no se iba a dejar echar así nomás.
Peleó valientemente contra todos. Y los vigilantes se escaparon por una ventana. Y las tías se escondieron aterradas debajo de la alfombra. Y los cocineros se treparon a la lámpara.

Cuando el Príncipe los hubo vencido a todos, preguntó al Emperador:
–¿Me deja casar con su hija, sí o no?
–Está bien –dijo el Emperador con voz de laucha y ojos de lauchita–. Cásate, siempre que la Princesa no se oponga.
El Príncipe fue hasta la ventana y le preguntó a la Princesa:
–¿Quieres casarte conmigo, Princesa Sukimuki?
–Sípi –contestó la Princesa entusiasmada.
Y así fue como la Princesa dejó de estar quietita y se casó con el Príncipe Kinoto Fukasuka. Los dos llegaron al templo en monopatín y luego dieron una fiesta en el jardín. Una fiesta que duró diez días y un enorme chupetín. Así acaba, como ves, este cuento japonés.

M. E. Walsh, en “Cuentopos de Gulubú”. 

El video del cuento relatado por María Elena Walsh puede encontrarse en

http://youtu.be/AcqlTCeaoh8

Fuente: http://udlerlorena.wordpress.com/2013/06/02/desprincesacion-una-mirada-desde-la-literatura-y-la-educacion-sexual-integral/

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La abuela que odiaba a los gatos

Comparto un cuento publicado en http://unpuntoaparte.wordpress.com

A continuación encuentras un muy buen cuento de Andrés Indaburu, publicado originalmente en las Apostillas a la Venganza. Buen provecho.

La abuela que odiaba a los gatos

Mi abuela odiaba a los gatos. A mí siempre me han gustado.

Cuando nuestros padres nos trajeron de regreso a un país que eramos demasiado jóvenes para recordar, nadie habló de los motivos de nuestra partida. Pero habíamos vivido cuatro años en México por alguna razón de fuerza mayor y no fue sino hasta que regresamos a Bolivia que escuchamos por primera vez las palabras desaparecido, preso político, represión y dictadura.

La primera en encontrar empleo fue la mamá, y nos pensionamos en un restaurante del Prado. Luego el papá encontró trabajo y pudimos ir al cine los sábados. Después nos mudamos a un piso en la 6 de Agosto junto a un snack que vendía unos donuts y helados de máquina que no estaban nada mal. Pero hasta que eso fue posible, tuvimos que vivir con la abuela en una casa vieja con las paredes pintadas de verde y el piso embaldosado. Un lugar refrescante y sombreado de haber estado en Macondo, pero insoportable para el clima de La Paz.

Cuando regresábamos a ese congelador gigante después de haber memorizado fechas de derrotas y nombres de mártires en el colegio, nos pasábamos la tarde contando los minutos para que la mamá regresara de la oficina y correr a envolvernos en los flecos de su ruana, aspirando ansiosamente su perfume a cosa viva.

Siempre nos traía algún regalo. Normalmente papas fritas. Nunca sentí tanta felicidad como cuando recibía una de esas bolsas blancas de plástico grueso decoradas con alguna caricatura que luego recortábamos y guardábamos en una vieja caja de zapatos North Star. ¡Qué lejos estaban los sonidos juguetones y los colores vivos de la Gran Tenochtitlán! Mis padres habían sobrevivido al exilio sin que nos diéramos cuenta de la suerte que habíamos tenido. Pero ahora estábamos obligados a vivir lejos de mi barrio y mi ciudad, y nos habían puesto de niñera a la momia de Guanajuato. Los niños no tienen bagaje ideológico para soportar esas cosas. Simplemente se amargan, se cabrean y lloran cuando nadie les está mirando.

II

Una tarde, en un torpe intento de hacerme un regalo,  la abuela me dio una cartuchera que me iba demasiado grande y  no iba en la cadera sino debajo de la axila. Sin saberlo, la abuela me había regalado una sobaquera de verdad que algun compañero falangista se dejó olvidada. Porque además de ultracatólica, la abuela había sido facha. En su sótano podías encontrar cartuchos vacíos y ejemplares de La Antorcha mordisqueados por ratones. Era imposible mirar el Monstruo Milton en la tele porque siempre tenías un ojo puesto en algún Cristo cuzqueño abierto en canal a latigazos o alguna virgen con el corazón atravesado por siete sables. O en ese pobre Niño Dios de cera que alguien se dejó al sol por accidente, dejándolo desfigurado y temible, como el anticristo sonriente de algún Belén infernal.

Todo ese arsenal de imágenes invadían mis sueños, aunque intentase pensar en algo bonito para no enloquecer de terror: En mis papás, en los domingos en el Laikakota, en la virgen María, en el niño Jesús, en el Chavo del ocho, en el pato Saturnino. Pero nada funcionaba, y los miedos no se evaporaban con el amanecer.

Por las tardes, mi abuela recibía visitas. Casi siempre alguna beata como ella. Enfermas de cataratas, seniles o faltas de yodo con enormes tumores colgándoles del cuello. Con parientes en la cárcel, con problemas de dinero. Daba igual el día que fuera, sentarse a tomar el té con mi abuela y sus protegidas era asistir a la parada de los monstruos.

III

Una tarde, mirando Cajón de Juguetes, esperando a que empezara Sankuokai, vi por la tele a un afable alemán tejiendo un jersey para uno de sus hijos y me entró la curiosidad por aprender a tejer. Ese domingo aproveché para preguntarle a la ahijada de mi abuela si quería enseñarme a tejer y ella me dijo que le pidiera unos palillos prestados a mi abuela y me enseñaría con mucho gusto.

El cabreo de la momia fue monumental.

Me gritó durante casi cuatro horas frente a todo el mundo. Me dijo que esas eran cosas de mujeres. Que los hombres no podían aprender a tejer. Que si lo que quería era convertirme en mujer ya podía empezar a ponerme la ropa de mi hermana. Que lo que me hacía falta era recibir una tanda de correazos para que se me quitaran esas ideas de invertido. Todavía puedo sentir cómo caían mis lágrimas en el ají de fideos que luego tuve que tragarme frío, mientras mi abuela daba rienda suelta a un furor del todo innecesario, sin que uno solo de entre todos mis parientes alzara un dedo para defenderme.

Vieja bruja.

IV

La abuela fue hija natural de una terrateniente paceña de alta cuna y algún hijo de puta alemán que la dejó preñada y luego la abandonó.

Los únicos regalos que recibió durante su niñez fueron un vestido nuevo por navidad y otro por su cumpleaños.

Cuando la bisabuela volvió a casarse y tuvo una hija como Dios manda, mi abuela tuvo que cuidar de su media hermana y verla brillar envuelta en sedas y vestidos nuevos hasta que se la llevó un maravilloso marido con quien partió a Buenos Aires y no se supo más de ellos. Dicen que mi abuela estaba enamorada de él.

Se casó dos veces, y en ambas ocasiones enviudó a los pocos años. A los veinte años ya era viuda de guerra. Sacó adelante a tres hijas dando clases de corte y confección. Fumó dos paquetes al día hasta que perdió los dientes y dejó de fumar gracias a su obstinación y unos ingresos que no le permitían costearse ningún vicio si lo que quería era poner comida en la mesa. Se echó un par de canas al aire. Bailaba tango y charleston y en sus fotos de joven no estaba nada mal.

Una tarde le pregunté, solo por preguntar algo, qué recordaba de la Guerra del Chaco y aunque empezó dándome evasivas, terminó contándome todo lo que le había tocado vivir con un talento de narradora y un virtuosismo de detalles que todavía me ponen la carne de gallina. En esas tres horas aprendí más de historia que en todo un semestre y creo que la abuela se sacó algún peso de encima porque desde entonces me empezó a tratar un poco mejor. Pero su bondad llegó a destiempo. El veneno que había inoculado en mí se había añejado y descubrí que aparte de vengativo, había aprendido a ser un hipócrita.

No estuve ahí cuando se murió, ni asistí a su entierro. Estaba en la Cinemateca, creo que echaban una de Gus Van Sant. De vez en cuando tuve algún ataque de tristeza epidérmica, pero (seamos sinceros) lo primero que leí en una pared cuando lleguamos a La Paz era un papel descolorido que proclamaba NI OLVIDO NI PERDÓN, y debo de haber interiorizado esos conceptos demasiado bien.

Ahora me doy cuenta de que la abuela no era más que una mujer difícil que llevó una vida que nunca quiso llevar, y me pregunto si no nos parecíamos mucho más de lo que nos habría gustado aceptar y por eso íbamos siempre a la greña. Pero ni soy ni he sido realmente un buen tipo y ni ella ni yo tuvimos la grandeza de alma para mejorar con el sufrimiento. Solo fuimos buenas personas cuando fuimos felices. Que en el caso de mi abuela no fue mucho. Y en mi caso fue un poco más, pero uno nunca es lo suficientemente feliz cuando el vaso está medio vacío.

Todavía tengo pendiente esto de aprender a tejer. Lo haré cuando el knitting deje de estar de moda. Por alguna razón, últimamente me ronda por la cabeza la idea de tejer una bufanda enorme y lanuda con la mejor lana de angora que pueda encontrar para ponerla en su tumba cuando vaya a visitarla. Incluso puede que me siente un rato a conversar con ella y le pida que no dé demasiada guerra donde quiera que esté.

Pero para eso tendré que pedirle direcciones a alguien, porque nunca he sabido donde queda su tumba.

Y no me molestaré en averiguarlo hasta que haya aprendido a tejer.

Fuente: http://unpuntoaparte.wordpress.com/2013/05/01/la-abuela-que-odiaba-a-los-gatos/