Cómo se ven las lágrimas en un microscopio de acuerdo a los estados de ánimo

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Un día, Rose-Lynn Fisher se preguntó si sus lágrimas de dolor se verían diferentes a sus lágrimas de alegría. Para averiguarlo, empezó a estudiarlas con con un microscopio.

Estudió 100 lágrimas diferentes y encontró que las lágrimas basales (las que nuestro cuerpo produce para lubricar los ojos) son drásticamente diferentes a las lágrimas que se producen cuando estamos cortando una cebolla. Las lágrimas que se producen a partir de la risa ni siquiera están cerca de las lágrimas de dolor. Como una gota de agua del océano, cada lágrima lleva un microcosmos completamente diferente. Su proyecto se llama La topografía de las Lágrimas:

Lágrimas de reír hasta llorar

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Lágrimas de cambio

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Lágrimas de dolor

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Lágrimas por pelar una cebolla

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Lágrimas basales

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Lágrimas de un reencuentro esperado

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Lágrimas de fin y comienzo

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Lágrimas de liberación

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Lágrimas de posibilidad y esperanza

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Lágrimas de alegría en un momento importante

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Lágrimas de recuerdo

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Fuente: http://circoviral.com/lagrimas-microscopio/

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‘Olvídate de mí’ es real: podremos borrar y restaurar recuerdos

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En la película Olvídate de mí, obra maestra pergeñada por la iconoclasta mente de Charlie Kaufman, se plantea la posibilidad de borrar selectivamente recuerdos luctuosos como, por ejemplo, a una ex que nos ha hecho trizas el corazón. En la película no se profundizaba apenas sobre la tecnología empleada para conseguir tal cosa, más bien era la excusa para explicar una historia, casi el Deus ex machina.

Sin embargo, los recientes avances en neurociencia podrían hacer realidad la premisa de Olvídate de mí. Sobre todo a raíz de un nuevo estudio pionero llevado a cabo por investigadores de la Universidad de California, que borraron y luego reactivaron recuerdos mediante la estimulación de las neuronas en los cerebros de ratas genéticamente modificadas con una serie de pulsos de luz.

Borrando el trauma

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El médico y farmacólogo escocés James W. Black desarrolló el propranolol en la década de 1960. La invención del propranolol fue recibida como el mayor avance en la lucha contra las enfermedades cardíacas desde el descubrimiento de las propiedades de la Digitalis purpurea en el siglo XVIII. Recibió el premio Nobel de Medicina en 1988 “por el descubrimiento de importantes principios en el tratamiento con fármacos”.

Pero también servía para borrar el dolor de un recuerdo. Al parecer, dicha sustancia, un beta-bloqueante que neutraliza los efectos de las hormonas del estrés, no eliminaba los sucesos de nuestra memoria, pero sí sus peores efectos: las trazas emocionales. Así pues, se continuaría recordando el hecho, pero no el dolor que nos provoca. Después de todo, el propranolol resulta más efectivo que la técnica empleada en Olvídate de mí, pues al eliminar todo lo que le recuerde a su pareja, el protagonista también borraba los buenos recuerdos. Propranolol sólo borraría el trauma y dejaría el poso.

Consumido por millones de hipertensos en el mundo, el propranolol actúa sobre los receptores beta-adrenérgicos de la amígdala (estructura cerebral relacionada con el aprendizaje emocional y la modulación de la memoria) durante el procesamiento de información emocional, como sugirieron Merel Kindt y sus colegas del Departamento de Psicología Clínica de la Universidad de Amsterdam en un estudio publicado en la revista Nature Neuroscience. Su hipótesis fue que propranolol puede que “interrumpa la síntesis de proteínas de la memoria amigdalar del miedo, provocando la alteración de ese recuerdo”.

Borrando y restaurando recuerdos

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Ahora nos llega el primer estudio, publicado en la revista Nature y dirigido por el neurocientífico Roberto Manilow (Universidad de California), que sugiere directamente que el fortalecimiento o debilitamiento de las sinapsis es la base fundamental para la memoria, y que por tanto podríamos borrar o recordar de nuevo cualquier recuerdo. No solo sus trazas emocionales, sino el recuerdo por entero, como si nunca hubiese ocurrido. Tal y como ha señalado Manilow:

Podemos formar un recuerdo, borrarlo y luego reactivarlo, a voluntad, aplicando un estímulo que selectivamente refuerza o debilita las conexiones sinápticas (entre neuronas).

El estudio, de momento, solo se ha realizado en ratas modificadas genéticamente para que sus células cerebrales produjeran una proteína sensible a la luz que podría ser activada por un pulso de luz emitido por una fibra óptica implantada en el cerebro. A continuación, les enseñaron a asociar estímulos luminosos sobre estas células nerviosas con descargas eléctricas y dolorosas en sus patas. Las ratas, de esta forma, aprendieron a tener miedo a los estímulos luminosos. Este aprendizaje se produjo en parte por el fortalecimiento de ciertas conexiones sinápticas, así que las debilitaron con unos impulsos luminosos distintos.

Finalmente, las ratas olvidaron asociar la luz con el dolor, es decir, que olvidaron tener miedo. Como Juan Sin Miedo. Lo más interesante es que el proceso es reversible: reactivaron el recuerdo del dolor y las ratas volvieron a tener miedo a las descargas, aunque no hubieran sufrido de nuevo el dolor.

Si los resultados obtenidos se logran reproducir, quizás su metodología podría servir para estudiar algunos mecanismos para fortalecer las conexiones sinápticas en personas que sufren Alzheimer.

Fuente: http://www.xatakaciencia.com/psicologia/olvidate-de-mi-es-real-podremos-borrar-y-restaurar-recuerdos?utm_source=feedburner&utm_medium=feed&utm_campaign=Feed%3A+xatakaciencia+%28Xataciencia%29

¿La venganza es un alivio?

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Alrededor de la venganza se aglutina mucho conocimiento popular, del tipo “la venganza es un plato que se sirve frío” u “ojo por ojo, diente por diente” hasta el “alégrame el día” de Harry el Sucio. Pero ¿qué nos dicen los estudios sobre la venganza al respecto? ¿Realmente resulta una tarea satisfactoria? ¿Alivia o resulta improductiva? ¿La venganza es dulce?

Lo que indica la investigación al respecto, sin embargo, parece indicar que, si bien la venganza resulta dulce mientras se planea, su consecución no reporta beneficios destacables, lo que confirmaría lo de que la venganza es un plato que se sirve frío.

Evolutivamente, parece que la venganza ha nacido más como un mecanismo de control social de la comunidad que de satisfacción individual. Quien se venga está realizando una suerte de castigo altruista, sacrifica su bienestar con objeto de penalizar a quien se ha comportado mal. Un estudio realizado en Suiza y publicado en la revista Science parece corroborar esta hipótesis.

Investigadores de la Universidad de Zúrich realizaron con diversos voluntarios un juego con dinero real en el que se forzaba a que uno de los participantes traicionara al grupo, rompiera la baraja social. Al escanear sus cerebros, se observó que mientras aplicaban las medidas punitivas al traidor social se activaban en su cerebro las áreas relativas a los mecanismos de recompensa. Dominique de Quervain, director del experimento, lo explica así:

El hecho de que la gente encuentre placer en castigar las malas acciones ajenas puede que sea un mecanismo evolutivo que se generó hace miles de años. Cuando aún no existían organizaciones encargadas de impartir justicia, la venganza era un arma necesaria para la supervivencia.

En el plano individual, no colectivo, la venganza no produce un beneficio. Lo que sucede realmente es que al evitar la venganza, contribuimos a olvidar el agravio sufrido, trivializándolo, mientras que si nos vengamos, ya no será algo trivial, y no lo podremos olvidar, a pesar de que hayamos hecho pagar a quien nos causó un daño. Además, la venganza puede llegar a producirnos remordimientos, porque en ocasiones resulta más cruenta que el daño sufrido.

Dejar pasar el tiempo facilita que nos olvidemos del agravio, e incluso que nos reconciliemos con el agraviador, tal y como han explicado Crombag, Rassin y Horselenberg en su estudio International Journal of Offender Therapy and Comparative Criminology. Algo que ocurre en realidad en la mayoría de casos: solemos tener fantasías de venganza, pero la venganza raramente se lleva a la práctica. Por eso disfrutamos tanto de novelas como El conde de Montecristo o de películas como Venganza. Es nuestra forma de catarsis.

Con todo, muchos seguimos vengándonos como si de tal forma pudiéramos calmar nuestro dolor, como un náufrago que se muere de sed y debe beber agua de mar. Tal y como afirmaba el experto en leyes Donald Black en su influyente artículo El crimen como control social, casi todo lo que llamamos crimen es, desde el punto de vista del perpetrador, búsqueda de justicia.

Sólo una minoría de los homicidios se comenten con una finalidad práctica. Los criminólogos suelen barajar el 10 %. El 90 % restante de homicidios, pues, son de carácter moral. Es decir: celos, venganza y defensa propia. Individuos que se vengan pero que finalmente no logran, al parecer en la mayoría de los casos, calmar su dolor.

Fuente: http://www.xatakaciencia.com/psicologia/la-venganza-es-un-alivio?utm_source=feedburner&utm_medium=feed&utm_campaign=Feed%3A+xatakaciencia+%28Xataciencia%29

Música y Cerebro

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Aumenta la energía muscular y molecular; influencia el latido del corazón; altera el metabolismo; reducen el dolor; acelera la recuperación de pacientes; ayuda en la descarga de emociones; estimula la creatividad, la sensibilidad y el pensamiento.

Te preguntaras, ¿qué es lo que produce todo esto en nuestro organismo? pues la música.

Nuestra capacidad para percibir la música es muy temprana. Incluso recién nacidos reaccionan a estímulos musicales, y con un mes, el bebé puede discriminar ya tonos de diferentes frecuencias. Con seis meses podemos hablar ya de una ‘musicalidad’ desarrollada. Y a los tres o cuatro años, los niños comienzan a reproducir la música. Ahora bien, un entendimiento pleno de la armonía se desarrolla como muy temprano a la edad de doce años.

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La música es un medio de comunicación como lo es el lenguaje. Al igual que en el lenguaje, donde las distintas características están localizadas en diferentes partes del cerebro, en la música ocurre lo mismo, es decir, que por ejemplo, la melodía y los tonos se localizan preferentemente en el hemisferio derecho.

Curiosamente, los músicos profesionales utilizan más en la percepción de las melodías el hemisferio izquierdo y se ha comprobado que con el entrenamiento en música, la dominancia cerebral para la percepción de la melodía se desplaza del hemisferio derecho al hemisferio izquierdo. También, se ha demostrado, que  la corteza motora primaria y el cerebelo que están involucrados en el movimiento y la coordinación, son más grandes en los músicos adultos que en personas que no son músicas, o que el cuerpo calloso (que es el que permite la conexión entre los dos hemisferios), así como la corteza auditiva (responsable de unir la música y el habla en una sola experiencia consciente) también eran más grandes en los músicos.

El hemisferio izquierdo es más apropiado para la percepción del ritmo. Esto indica que para la percepción de la armonía y la percepción del ritmo se utilizan áreas distintas del cerebro. Por eso hay personas que tienen una capacidad de percepción armónica brillante, pero una mala percepción del ritmo, o al revés.

Por otro lado el canto, que implica música y lenguaje, involucra ambos hemisferios si hay palabras, pero el canto sin palabras, solo de melodía, depende del hemisferio derecho.

Pero sin duda, el efecto más potente de la música es el emocional.

Las emociones humanas se encuentran en el sistema límbico, concretamente en la amígdala, que es la estructura que las gestiona. La música, cuando es percibida, primero es analizada por las áreas auditivas de nuestro cerebro, pero curiosamente nuestro sistema neuronal se conecta también de forma automática a los núcleos de la emoción. Esa es la razón por la cual, la música es un fuerte modulador emocional y por eso también asociamos canciones a personas o a recuerdos concretos.

Es común pensar que cuando estas triste, si escuchas música “triste” aún lo estarás más y al revés, si estas contento/a y escuchas música alegre, pues aún estarás más alegre. Pues bien, esto es cierto a medias. Es cierto que las notas tristes nos entristecen, pero la música triste tiene otra función, alegrarnos.

Cuando estamos tristes y nos ponemos a escuchar música, solemos elegir música acorde con nuestro estado de ánimo, es decir, triste. No es que tengamos ganas de estar aún más tristes, sino que de forma inconsciente estamos equilibrando nuestras emociones. Veamos porque.

La música en general, nos provoca una liberación de dopamina (hormona del placer), pero no todas las canciones provocan que se libere la misma cantidad de dopamina, no es lo mismo nuestra canción favorita, que una que no nos gusta. Pues bien, esa liberación de dopamina, se produce en el momento álgido de la canción, como es obvio, pero curiosamente, unos segundos antes de ese momento se produce una primera descarga de dopamina relacionada con la anticipación, es decir, porque sabemos que se acerca ese punto álgido. En ese momento se activa una zona llamada núcleo accumbens, que es la responsable de la euforia, la sensación de placer y las adicciones.

Por lo tanto, cuando estamos tristes y elegimos música triste, lo que estamos haciendo es regular nuestro estado emocional, ya que aunque estemos escuchando ese tipo de música, la realidad es que en nuestro cerebro se está produciendo un reequilibrio emocional.

Imaginar cuan de importante es la música, que existe hasta una inteligencia emocional. Este tipo de inteligencia, más desarrollada en unos que en otros, es la inteligencia que surge más temprano, y está muy relacionada con otras inteligencias, ya que la música nos produce movimiento y nos permite socializar y emocionar.

Muchos científicos piensan, que si se pudiera conocer a la perfección el fenómeno de la música, podríamos encontrar la clave para todo el pensamiento humano. Como esto aún no es posible, mientras esperamos a que llegue ese día, disfrutaremos de las emociones y los placeres que nos despierta la música.

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Fuente: http://psicotip.wordpress.com/2013/04/08/musica-y-cerebro/