Memorias de la Dictadura – Abordajes, Lectura e Interacciones

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Comparto un link del Ministerio de Educación de la República Argentina en el que se muestran aspectos de los tres ejes fundamentales de la Dictadura: Eje Político, Eje Económico y Eje Sociocultural:  http://especial24marzo.educ.ar/

Allí también podrán encontrar recursos audiovisuales, recursos de educ.ar y para trabajar en el aula.

Uno de los temas que se tratan en el Eje Sociocultural, es “Curas del Tercer Mundo”. A continuación copio parte del texto:

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Caso Angelelli y fractura dentro de la iglesia

El 4 de agosto de 1976, el obispo de La Rioja, Enrique Angelelli, murió en un supuesto accidente automovilístico cuando se dirigía hacia la capital

provincial luego de dar misa en Chamical en homenaje a dos sacerdotes asesinados por integrantes de las FF. AA. Si bien el caso fue presentado como un accidente automovilístico tanto por el Gobierno de facto como por el Episcopado argentino, desde 1983 se denunció que se trató de un asesinato premeditado contra el religioso quien había denunciado a viva voz los crímenes cometidos por la dictadura. Esta causa avanzó y fueron imputados el expresidente de facto, Jorge Rafael Videla, y el ex jefe del tercer cuerpo del ejército, Luciano Benjamín Menéndez.

Angelelli formó parte de un pequeño grupo de la Iglesia Católica, junto con Carlos Horacio Ponce de León, Jorge Novak, Jaime de Nevares y Miguel Hesayne, que a diferencia de la posición institucional llevada adelante por la institución eclesiástica denunciaron los crímenes cometidos por la dictadura. Muchos religiosos fueron víctimas del terrorismo de Estado, como las monjas francesas Léonie Reneé Duquet y Alice Domon, secuestradas, torturadas y asesinadas en la ESMA por un grupo de tareas de la Armada o los sacerdotes de la Iglesia de San Patricio, asesinados por las FF. AA. en julio de 1976.

Las fracturas en la Iglesia con respecto a la cuestión social ya se venían produciendo desde principios de la década del sesenta con el Concilio Vaticano II, convocado por el papa Juan XXIII, en donde se produjeron debates acerca del «signo de los tiempos»; en particular, sobre las consecuencias de un orden social y económico injusto para el conjunto de la humanidad.

El espíritu de renovación del Concilio influyó decisivamente en las iglesias latinoamericanas. La Conferencia del Episcopado Latinoamericano reunida en 1968 en Medellín, Colombia, recogió esa preocupación por una evangelización sensible a las necesidades de una época en la que muchos pueblos del Tercer Mundo luchaban por su liberación.

En sintonía con este proceso de replanteos ideológicos y de renovación teológica cristiana -a la que se denominó Teología de la Liberación-, se conformó el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo.

El sacerdote argentino Carlos Mugica fue uno de los integrantes de ese movimiento. Su prédica lo enfrentó con intereses muy poderosos. Fue asesinado por la Triple A (Alianza Anticomunista Argentina), una organización represiva ilegal de ultraderecha, en 1974.

El gobierno ilegal de la última dictadura cívico-militar que se apropió del Estado argentino el 24 de marzo de 1976 descargó sobre este movimiento -y sobre seminaristas y curas progresistas en general- una feroz represión.

Visítenlo. Fuente: http://especial24marzo.educ.ar/

¿La violencia suele tener su origen en un exceso de moralidad y justicia personal?

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Sólo una minoría de los homicidios se comenten con una finalidad práctica. Los criminólogos suelen barajar el 10 %. El 90 % restante de homicidios, pues, son de carácter moral.

Es decir, que 9 de cada 10 homicidios no se cometen para robar, para evitar la detención de la policía, para violar, etc. 9 de cada 10 homicidios se cometen como represalia tras una ofensa, por una pelea doméstica, por un problema afectivo (infidelidad, por ejemplo, o abandono de la pareja). Es decir: celos, venganza y defensa propia.

Tal y como afirmaba el experto en leyes Donald Black en su influyente artículo “El crimen como control social”, casi todo lo que llamamos crimen es, desde el punto de vista del perpetrador, búsqueda de justicia. O dicho de otro modo: el 90 % de los homicidios no los cometen malas personas, o al menos no son personas que consideran que están haciendo mal: incluso es posible que se vean a sí mismas como héroes o víctimas.

Son, en definitiva, como el Juez Dredd: juez, jurado y verdugo.

Naturalmente, ello no justifica en absoluto el homicidio, pero sí permite que concibamos la acción violenta de otro modo, y por tanto sepamos atajarla de un modo más eficaz. Por lo pronto, tal y como señala Black, la violencia general no se debe a un déficit de moralidad y justicia, sino a un exceso de las mismas, al menos tal y como éstas son concebidas en la mente del autor del crimen.

Generalmente, las personas de estatus inferior tienden a no aprovechar la ley y a mostrarse hostiles ante ella, y prefieren la antigua alternativa de la justicia de la “autoayuda y el código del honor.

Pero todas las personas, independientemente de su estatus, pueden perder los estribos y considerarse víctimas de una situación claramente injusta. Ello no debe hacer disminuir el castigo frente a estas personas, sino que intelectualmente nos permite derribar un dogma: que la violencia es una especie de enfermedad o que es resultado de apuros económicos o furia contra la sociedad.

Tal y como explica Steven Pinker en Los ángeles que llevamos dentro:

Consideremos a un hombre que es detenido que es detenido y juzgado por agredir al amante de su esposa. Desde el punto de vista de la ley, el agresor es el esposo y la víctima es la sociedad, que ahora está buscando justicia (una interpretación, recordemos, reflejada en la denominación de los casos judiciales, como “El Pueblo contra John Doe”). Desde el punto de vista del amante, el agresor es el esposo y la víctima es él; si el esposo consigue la absolución, la nulidad del juicio o un acuerdo de reducción de pena, no hay justifica, pues al amante se le prohíbe vengarse. Y desde el punto de vista del esposo, él es la víctima (de que le hayan puesto los cuernos), el amante es el agresor, y se ha hecho justicia (pero ahora es víctima de un segundo acto de agresión, en el que el estado es el agresor y el amante un cómplice).

El propio Donald Black abunda en la psicología del homicida:

Los que cometen asesinato (…) a menudo parecen resignados a su destino en manos de las autoridades; muchos esperan pacientemente a que llegue la policía; algunos incluso llaman para informar de su crimen (…). En este tipo de casos, de hecho, los individuos implicados podrían ser considerados mártires. Sin diferenciarse de los trabajadores que violan la prohibición de declararse en huelga (sabiendo que irán a la cárcel), o de otros que desobedecen la ley por razones de principios, hacen lo que creen correcto y sufren de buen grado las consecuencias.

Habida cuenta de estas conclusiones, parece que un estado será menos conflictivo no tanto por una mayor presión policial o unos mejores consejos morales del tipo todos somos iguales, ama al prójimo como te amas a ti mismo, sino un sistema legal más seguro y garantista, incluso en pequeños conflictos, que permita que las personas resuelvan sus diferencias de un modo más civilizado (a la vez que dichas personas son educadas para que sepan aprovecharse de ese sistema).

Sea como fuere, el problema tiene muchas más variables de las que parece en un principio, y un “se han perdido los valores” o “mano dura con el infractor” no parecen soluciones tan eficaces.

Fuente: http://www.xatakaciencia.com/psicologia/la-violencia-suele-tener-su-origen-en-un-exceso-de-moralidad-y-justicia-personal