40 horas o nada: ¿por qué no podemos vender menos horas de nuestro tiempo?

Comparto una nota muy interesante del Blog Manzana Mecánica

La jornada de trabajo de 8 horas es un avance relativamente reciente: unos 150 años en Europa y menos de 100 años en Hispanoamérica. Partiendo de una jornada básicamente ilimitada durante la revolución industrial (15 horas), en 1847 el Rey de Inglaterra concedería la jornada de 10 horas para las mujeres y los niños (!). Los franceses obtendrían una jornada de 12 horas en 1848, mientras que en EEUU la jornada laboral se reduciría de 18 horas a 8 horas diarias en 1866. En México se reconoció la jornada de 8 horas en la constitución en 1917, y en España en 1919.

La jornada laboral del año 2000 es más o menos la mitad de la jornada laboral del 1900, gracias a negociaciones colectivas promovidas por sindicatos obreros y a legislación más progresista. El contexto en que este cambio sucede incluye la entrada masiva de la mujer al mundo laboral y una mayor productividad en general gracias a mejoras tecnológicas.

¿Cuál es el siguiente paso? ¿Son 8 horas de alguna manera un “óptimo”? Si lo es, ¿qué es exactamente lo que estamos optimizando?

Ciencia los fines de semana

La enorme mayoría de los científicos trabaja los fines de semana, al menos en mi área. Siempre hay un deadline a la vuelta de la esquina: escribir un artículo, hacer revisión por pares, preparar una clase, presentar un proyecto a un organismo de financiamiento, revisar una tesis, leer un montón siempre creciente de nuevos avances, y manejar una bandeja de entrada de decenas de pequeñas tareas pendientes.

(De hecho, tengo la impresión de que es solamente esto último lo que la gente hace en sus horas de trabajo. Las verdaderas tareas científicas no tienen cabida en la oficina, con el teléfono y el e-mail constantemente interrumpiendo. Creo que mucha de la ciencia se hace en las noches y los fines de semana.)

Yo dejé de llevarme el trabajo a casa unos 4 años atrás. A lo más leo algo nuevo e interesante, o algo que tengo que revisar cuando se me juntan 2 o 3 comités de programa al mismo tiempo (12-18 papers por revisar). Y cuando estoy muy apurado, claro que también trabajo en casa, pero no permito que se transforme en una rutina, sino sólo algo excepcional.

Cuando la gente que trabaja conmigo (postdocs, ingenieros, etc.) me dicen que trabajaron el fin de semana les digo, en los mejores términos posibles, que no me parece buena idea y que no encuentro mérito en ello. Que ocasionalmente está bien, pero que deben organizarse y ser capaces de hacer su trabajo durante las horas de trabajo.

Personalmente, el motivo para no llevarse el trabajo a la casa todos los días, es que creo que el deber de una persona no se agota con realizar un trabajo remunerado, independientemente de que además pagues impuestos. Hay muchas otras cosas que requieren tu atención, dentro y fuera de tu familia o tu círculo más cercano. Descubrir cuáles son esas cosas y atenderlas es algo que requiere su propio tiempo (8-12 horas a la semana en mi caso), no el tiempo “sobrante”.

¿Más horas de trabajo = Más productividad?

Todo el mundo entiende que tal como uno tiende a gastar todo el dinero que gana, uno tiende a ocupar en una tarea todo el tiempo que tiene disponible. En ese sentido, pasarse más tiempo trabajando no significa para nada que uno sea más productivo.

Uno de los estudios más recientes al respecto fue solicitado por el senado en España. La comisión de “racionalización de horarios, conciliación de la vida personal, familiar y laborar y corresponsabilidad” entregó varias recomendaciones (.pdf), entre ellas cambios al horario laboral y a la zona horaria en que se encuentra España:

ambos aspectos incidirían favorablemente en la conciliación de todas las personas, permitiendo disponer de más tiempo para la familia, la formación, la vida personal, el ocio, y evitando tiempos muertos en nuestra jornada laboral diaria. Se trata de una tarea compleja, puesto que implica una transformación de nuestros usos y costumbres cotidianos —horas de levantarse, de acostarse, horas totales de sueño, horarios televisivos, de espectáculos— pero es innegable que los resultados nos harían converger con Europa en muchos aspectos en los que hoy estamos sumamente alejados, y muy particularmente en productividad, en competitividad, en conciliación y corresponsabilidad.

En España, al igual que en sus antiguas colonias, la gente pasa mucho tiempo en la oficina, gran parte del cual no es necesariamente productivo: largas pausas para el café, para el segundo desayuno en la mañana, o para un piti (cigarrillo), largos y copiosos almuerzos, etc. Además, debido a la zona horaria incorrecta el sol se pone muy tarde, y muchos conscientemente o no, se quedan en la oficina hasta que oscurece.

Si la tecnología causa incrementos en la productividad de las personas, ¿qué debemos hacer con esos incrementos? En EEUU la respuesta ha sido simplemente producir más. En Europa la respuesta parece ser, trabajar menos horas. En Holanda en promedio la gente trabaja 30 horas a la semana, y en Francia la ley manda una jornada de 35 horas a la semana.

La jornada de 40 horas y el consumo

Friederich Nietzsche escribía en contra de los “apologistas del trabajo” en su libro Aurora de 1881:

Se comprende ahora muy bien, al contemplar el espectáculo del trabajo -es decir, de esa dura actividad de la mañana a la noche-, que no hay mejor policía puesto que sirve de freno a cada cual y sirve para distraer el desenvolvimiento de la razón, de los apetitos y de los deseos de independencia. El trabajo gasta las fuerzas nerviosas en proporciones extraordinarias, y quita esta fuerza a la reflexión, a la meditación, a los ensueños, a los cuidados, al amor y al odio; nos opone siempre delante de los ojos de un fin baladí y otorga satisfaciones fáciles y regulares.

A comienzos del siglo XX Henry Ford fue pionero en introducir en sus fábricas una jornada laboral más corta que el promedio en su época. Pero sus razones no eran precisamente humanitarias. Para Ford, los trabajadores necesitan tiempo libre para poder consumir más:

Mientras mejor pagado es el ocio que obtienen los trabajadores, más aumentan sus deseos. Esos deseos pronto se convertirán en necesidad. Un negocio bien gestionado paga altos salarios y vende a precios bajos. Sus trabajadores tienen el placer de disfrutar de la vida y los medios con los que financiar ese deleite.

La industria de este país no podría existir por mucho tiempo si las fábricas volvieran a la jornada de diez horas, porque las personas no tendrían tiempo para consumir los bienes producidos. Por ejemplo, de poco le serviría a un trabajador comprar un automóvil si tiene que estar en el taller desde el amanecer hasta el anochecer. (Autobiografía, 1922)

En nuestra época, es posible que la jornada de 8 horas sea un punto óptimo para el consumismo. Si los trabajadores tienen más tiempo libre, es muy posible que consuman menos. Tras su vuelta al trabajo después de varios meses viajando y viviendo con poco, Joe Loong comentaba de su regreso a un horario normal de trabajo:

Hacer que el tiempo libre sea escaso significa que la gente pagará mucho más por bienes de consumo, gratificación, y cualquier otro alivio que puedan comprar. Los mantiene viendo televisión y comerciales. Los mantiene sin ambición fuera del trabajo.

Hemos sido conducidos a una cultura que está diseñada para dejarnos cansados, hambrientos de indulgencia, dispuestos a pagar un montón por conveniencia y entretenimiento, y más importante que todo, vagamente insatisfechos con nuestras vidas de manera que continuamos queriendo cosas que no tenemos. Compramos tanto porque siempre sentimos que nos falta algo.

Esta sensación de insatisfacción realmente puede ser compensada con menos horas de trabajo y mejor calidad de vida:

Para mucha gente que enfrenta presiones y fuertes niveles de stress, la oportunidad de hacer menos y relajarse más puede traer beneficios significativos físicos y a la salud mental. Cuando Francia introdujo su jornada de 35 horas a la semana, a pesar de toda la controversia política y algo de pérdida de crecimiento económico, la enorme mayoría de los empleados que obtuvieron horas de trabajo más cortas dijo que su calidad de vida mejoró. Al mismo tiempo, estudios en Alemania muestran que individuos que trabajan menos horas tienen niveles de satisfacción con la vida más alto; evidencia similar al nivel de país muestra que las naciones europeas con menos horas de trabajo tienen niveles más altos de satisfacción con su vida.

Pobre gente rica

Finalmente, bajo esta crisis financiera la situación laboral actual de muchísima gente es precariedad o desempleo. En una situación de precariedad, ganar menos no es una opción. El desempleo genera explotación porque los empleadores sin escrúpulos simplemente exigen a sus empleados más trabajo a cambio de nada, sabiendo que el mercado les favorece y rápidamente podrían encontrar un reemplazo.

Pero esta crisis, al igual que otras crisis, pasará, y el resultado no puede ser un retroceso en derechos que se han ganado, sino un avance. Flexibilizar la jornada laboral podría llevarnos a una sociedad donde pasamos más tiempo haciendo cosas que nos gustan más y que cuestan menos. ¿Qué opinas tú?

Fuente: http://manzanamecanica.org/2013/10/40_horas_o_nada_por_que_no_podemos_vender_menos_horas_de_nuestro_tiempo.html

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Cultura Libre y Modelos de Negocios

Comparto una nota muy interesante de http://manzanamecanica.org

Muchos de los modelos de negocios actuales, están anclados en el traspaso de información desde la fuente, hasta el consumidor. Anteriormente, este traspaso era costoso, y por lo mismo, eran necesarios intermediarios para asegurar el beneficio económico de las partes. Por lo mismo, estos intermediarios tienen incentivos para evitar la disminución de los costos asociados al traspaso de información, y así asegurar su permanencia como intermediarios.

Este fenómeno se ha repetido innumerables veces en la historia, pero en la actualidad la pelea se da en tribunales, la prensa y nuestra forma de entender los derechos de autor. Antes de discutir la actualidad, revisemos un poco la historia, para ver cómo la humanidad ha resuelto estos problemas anteriormente.

La antigua profesión de “cambista”

A medida que la civilización avanza, nuevas necesidades se van creando. De estas necesidades nacen oportunidades para ofrecer servicios. Personas o instituciones se encargan de ofrecer estos servicios obteniendo un beneficio económico. Muchas veces, sin embargo, nuevos desarrollos tecnológicos, o institucionales, dejan obsoletos estos modelos de negocios, en el sentido que ya no se hace necesario pagar para satisfacer la necesidad.

 El cambista y su mujer)Por ejemplo, cuando se empezó a masificar el uso de monedas (principalemente de oro), en las distintas ciudades y reinos, se hizo necesario tener a alguien que fuera capaz de determinar, con algun grado de justicia, el tipo de cambio entre una moneda y otra. Esta profesión o servicio, era importante, por que las monedas difieren en la cantidad de oro, la aleación y en su veracidad, ya que algunas de ellas estaban sólo recubiertas de oro. Por lo tanto, era necesario contar con mucha informacion, tanto presente como pasada, para poder conocer el valor de una moneda específica.

Cuando apareció la imprenta, y el costo de imprimir información bajó, se empezaron a usar libros para tener el registro de estos tipos de cambio, además de llevar registro de cuándo una ciudad o reino producía monedas falsas (sólo recubiertas de oro). De esta manera, la profesión de cambista se vio sustituida por libros que contenían la misma información.

Sin embargo, esta información no era accesible para todos. Se necesitaba saber leer, y se necesitaba saber qué libros eran los que tenían la información más fidedigna. Es decir, lo que antes era valioso (la información de cada moneda) ahora perdió valor, porque se hizo fácil adquirirla. Lo que ganó valor fue la capacidad de distinguir la buena información de la mala.

Finalmente, la institucionalidad cambió y leyes específicas fueron creadas por los gobiernos acerca de cómo se debe cambiar monedas o dinero. En este momento nadie duda del valor de las tasas de cambio.

El negocio de la música

Pensemos ahora en un ejemplo más moderno: el negocio de la música. La música ha existido hace mucho tiempo, pero poder “envasarla” y venderla para que uno pueda escucharla cuando uno quiera, y cuantas veces quiera es relativamente moderno. Sin embargo, para que la música llegue a las personas, es necesario que existan un montón de condiciones.

Primero, se necesita que el consumidor conozca la obra del músico y que esté dispuesto a comprarla. Segundo, se necesita que la obra esté disponible para su compra. Tercero, se necesita que alguien recolecte estos dineros (que posiblemente son obtenidos en distintos lugares y tiempos) y entregue el dinero al artista para que subsista y pueda seguir produciendo su obra. Resumiendo, se necesitan intermediarios para promover, producir y distribuir la música y facilitar el traspaso de dinero desde el consumidor al artista.

Los sellos y compañías discográficas han desarrollado estos tres roles desde hace mucho tiempo. Ellos promueven a los artistas que creen que van a ser más exitosos. Ponen las canciones en la radio para lograr atraer al público. Ellos producen y distribuyen los CD (o cualquier forma de música envasada) y recolectan las utilidades, dándole un porcentaje al artista.

Al igual que en el caso de los libros de cambio de monedas, algunos sellos son más exitosos que otros en encontrar los buenos artistas y parte de sus utilidades están asociadas a su “prestigio” o capacidad de promover buenos artistas. En lo que sigue, dejo de lado este aspecto, pero podríamos volver a discutirlo en un futuro.

Internet destruye ciertos modelos de negocio, y crea otros nuevos

La llegada de Internet ha disminuido los costos de traspaso de información a todo nivel. Es por lo mismo que debemos analizar qué sucede con el modelo de negocios que proponen las compañías disqueras. Primero lo más fácil: ¿Necesitamos que se nos cobre por la producción y distribución? No lo creo. Bajar música por Internet ha hecho que este costo desaparezca. Si compramos el CD o disco, quizás, pero no veo la razón para seguir pagando, o subsidiando, métodos de distribución que ya no son necesarios.

Segundo, ¿necesitamos que se nos cobre por la promoción? No me parece claro. Existen disponibles medios que nos informan gratuitamente sobre los nuevos artistas y obras. También contamos con los reviews de otros consumidores y un sinfín de información gratuita y disponible para promover artistas. Ahora, de manera similar al ejemplo de los cambistas, puede que saber distinguir la mala de la buena información sea algo apetecible. Pero en esto, no me queda claro si es mejor una revista o publicación que cumpla ese rol, que las mismas compañías disqueras.

Tercero, ¿necesitamos un intermediario financiero entre el artista y el consumidor? Claramente no. Existen innumerables medios para comprar la música directamente al artista.

Entonces, ¿deberían morir las compañías disqueras? Yo creo que de la forma en que las conocemos, sí. Creo que hay espacio para modelos de negocios asociados a la música. iTunes abrió un nicho. Quizás ellos podrían ser los inversores de riesgo, en el sentido de ayudar a empezar carreras, etc. Hay espacio para discutir que rol tendrán las compañías en el futuro.

A diferencia de los cambistas, estas compañías están usando todos los medios disponibles para preservar su existencia. No nos confundamos entre el derecho de autor, que es la prerrogativa del autor de cobrar por su obra, con el servicio que entregan estas compañías, que puede ser suplantado y mejorado por avances tecnológicos, como es Internet.

Y no es que tenga algo en contra de las compañías discográficas, pero es un buen ejemplo donde los roles están siendo confundidos. También existe ese problema con los diarios, revistas, libros, cine, televisión y muchas otras áreas. Lo importante es detenerse a pensar qué servicio estamos comprando, y por qué.

Fuente: http://manzanamecanica.org/2010/04/cultura_libre_y_modelos_de_negocios.html

El precio nos pone: cuanto más caro es algo, mejor nos parece

Comparto una nota publicada en http://www.xatakaciencia.com

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El precio de un producto no revela nada sobre su coste (por ejemplo, Wikipedia es gratuita y los libros de Pablo Coelho, no, y, en fin, yo prefiero Wikipedia, además de que es un producto que ha requerido muchísimo más esfuerzo colectivo: según los cálculos de Martin Wattenberg, un investigador de IBM, Wikipedia es el resultado de 100 millones de horas de trabajo).

El problema es que el precio sí que afecta a nuestras emociones, lo cual desvirtúa nuestro juicio acerca del valor verdadero de las cosas. Un ejemplo realmente extravagante es el caso del pescado seki saba, un alimento para pobres en Japón que actualmente se ha convertido en una delicatessen para ricos: el pescado sigue siendo el mismo, pero la percepción del consumidor, no.

Los neurocientíficos también han estudiado la forma en que nuestro cerebro toma la decisión sobre lo que estamos dispuestos a pagar por un producto. Cuando las personas contemplan productos de marcas de lujo como Gucci o Louis Vuitton acompañados de precios desorbitados, entonces el núcleo accumbens y el cíngulo anterior se activan, lo cual revela la combinación entre el placer de la gratificación anticipada y el conflicto por permitirse un lujo tan caro.

Sin embargo, cuando los consumidores contemplan los mismos productos con un descuento significativo, entonces la señal de conflicto disminuye mientras aumenta la actividad de la gratificación.

En un estudio semejante sobre el precio del vino llevado a cabo por la Universidad de Stanford y el Instituto Tecnológico de California refleja los mismos resultados: solicitaron a 20 voluntarios que calificaran su grado de placer respecto de unos vinos de precios variados mientras se sometían a un estudio de resonancia magnética funcional.

Dos de los vinos se les presentaron dos veces, uno con un coste elevado y el otro con un precio normal. Cuando se presentó el vino caro, se detectó una gran actividad en la corteza orbitofrontal medial, la zona donde se percibe el agrado; esto indica que el mayor precio de un producto intensifica nuestro placer, tal y como señala el científico Jonah Leherer en su libro Cómo decidimos:

Al llevar a cabo la cata en una máquina de resonancia magnética funcional (el vino se tomaba mediante una red de tubos de plástico), los científicos vieron cómo respondía el cerebro de los individuos a los diferentes vinos. Aunque durante el experimento se activaban diversas regiones cerebrales, sólo una parecía reaccionar ante el precio del vino, más que ante el vino propiamente dicho: la corteza prefrontal. Por lo general, los vinos más caros hacían que ciertas partes de la corteza prefrontal se excitaran más.Cuando los investigadores repitieron el experimento con miembros del club vinícola de la Universidad de Stanford, obtuvieron también los mismos resultados.

Efecto anclaje

La cuestión, pues, es que el precio de las cosas, si bien nos atrae y nos pone, no describe en absoluto el valor intrínseco de las cosas, aunque pueda ofrecer algunas pistas sobre su disponibilidad, como ya veíamos en Diez cosas cotidianas que antes eran un lujo carísimo.

Porque el precio de las cosas se impone por una mezcla de oferta y demanda, sí, pero también por dinámicas psicológicas muy intrincadas. Sin contar el efecto anclaje, clarificado con un experimento muy elocuente en el libro de Dan Ariely Las trampas del deseo, en el que Ariely dijo a sus alumnos de la Sloan School of Business del MIT que iba a hacer una lectura de poesía (Hojas de hierba, de Walt Whitman), pero no sabía cuánto iba a costar, tal y como explica Chris Anderson en Gratis:

Entregó un cuestionario a todos los alumnos y preguntó a la mitad de ellos si estaban dispuestos a pagar 10 dólares por escucharle leer, y a la otra mitad le preguntó si estaba dispuesta a escucharle leer si les pagaba 10 dólares a cada uno. Luego les hizo a todos la misma pregunta: ¿Qué pagarían por escucharle leer la versión corta, media o larga del poema? La nota inicial es lo que los economistas conductuales denominan un “ancla”, que calibra lo que piensa el consumidor que es un precio justo. Ello puede tener un efecto decisivo sobre lo que pagarán en última instancia. En este caso, los alumnos a los que les preguntaron si pagarían 10 dólares, estaban dispuestos a pagar, como media, 1 dólar por el poema corto, 2 dólares por la versión media, y 3 dólares por la versión larga. Entre tanto, los alumnos a los que se les había hecho creer que Ariely les pagaría, dijeron que querían 1,30 dólares por escuchar la versión corta, 2,70 dólares por la mediana, y 4,80 por soportar la lectura larga. 

Fuente: http://www.xatakaciencia.com/psicologia/el-precio-nos-pone-cuanto-mas-caro-es-algo-mejor-nos-parece

Cómo el sonido, incluso un simple ‘click’, nos induce a comprar

Comparto un artículo de http://www.xatakaciencia.com

brain-brands-300x299El neuromarketing también se ha introducido en lo que se llama Sensory Branding (marketing sensorial de marca), que incluso tiene en cuenta el sonido que envuelve al comprador y al mismo producto para provocar fascinación o mero impulso de compra.

Esta estrategia pudiera parecer de ciencia ficción, pero lo cierto es que sus inicios fueron en los años 1950. Hace ya décadas, por ejemplo, que General Electric creó su característico tono de tres timbres, el equivalente auditivo de un logotipo.

Pero el posicionamiento de marca basado en sonidos ya no sólo se ciñe a una simple melodía o una canción embelesadora, sino que el propio producto que se comercializa cuida hasta el extremo la calidad de los ruidos que desprende. Por ejemplo, los cereales para el desayuno.

Si desayunamos cereales de Kellogg´s comprobaremos que, al morderlos, crujen de una forma diferente al resto de cereales. Ese crujido es deliberado, pues Kellogg´s contrató a un laboratorio danés que sus cereales crujieran así y no de otro modo. Otras marcas hacen lo mismo con sus productos alimentarios, y así se consigue que las galletas, las patatas fritas o simplemente el ruido de la caña entrando en el orificio de un vaso de Coca-Cola de McDonalds quede fijado como parte de la experiencia con el producto.

Martin Lindstrom señala más ejemplos de sonidos en productos en su libro Buyology:

Más recientemente, Ford Motor Company creó un nuevo sistema de seguro para las puertas de la gama de vehículos Taurus que emitía un sonido reconocible parecido al de una bóveda cuando se cierra. ¿Sabía usted que el sonido que hace una lata de café liofilizado o de patatas Pringles al destaparse ha sido fabricado deliberadamente para que los consumidores asocien el producto con una frescura deliciosa? ¿Y qué hay con el “tic-tic-tic” de la rueda del iPod, o su inconfundible sonido de campana al encenderse y apagarse?

El paradigma de sonido asociado a una marca probablemente sea el tono de llamada de Nokia. En 2007, había casi 400 millones de teléfonos móviles en circulación, y una participación de la marca del 40%. Y el 20% de todos los abonados de Nokia conserva dicha melodía por omisión.

Esta sencilla tonada se basa en el Gran Vals, una composición de Francisco Tárrega del siglo XIX, y es tan tremendamente popular que incluso se han reportado informes de aves en Londres que reproducen en sus trinos la melodía Nokia.

Porque, con todo, el reclamo auditivo más poderoso de una marca sigue siendo la melodía, el jingle, la canción. Incluso hasta el punto de que el tipo de música nos puede inducir a consumir uno u otro producto.

El sonido hasta puede determinar si elegimos una botella de un Chardonnay francés en vez de un riesling alemán. Durante dos semanas, un par de investigadores de la Universidad de Leicester realizaron el experimento de poner música francesa con mucho acordeón o música de una banda de Bierkeller alemana por los altavoces de la sección de vinos de un supermercado grande. Los días de la música francesa, el 77% de los consumidores compró vino francés, mientras que los días de la música de Bierkeller, la gran mayoría de los consumidores se dirigieron directamente a la sección de los vinos alemanes.

Los efectos del hilo musical en el consumidor están tan asumidos que ya no se discuten ni siquiera si tienen efectos o no, sino qué efectos se deben potenciar o no para alcanzar las mejores ventas. El psicólogo David Hargreaves lo explica así:

Según la mayoría de la gente, el tiempo vuela cuando te estás divirtiendo… pero si te gusta la música y te concentras en ella, el tiempo pasa más lentamente. La música que no te gusta hace que el tiempo se contraiga y la música hace que la percepción del tiempo aumente. Al vendedor se le plantea un dilema: ¿es preferible utilizar la música para hacer más agradable la tienda o para hacer sentir a la gente que el tiempo pasa rápidamente?

Fuente: http://www.xatakaciencia.com/psicologia/como-el-sonido-incluso-un-simple-click-nos-induce-a-comprar