Mujeres, fútbol y publicidad: ¿fin del estereotipo?

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Hace casi medio siglo, el prestigioso relator y periodista argentino José María Muñoz fundó una de las frases más representativas del deporte por excelencia: “Fútbol, pasión de multitudes”. Pero dentro de esa establecida masa incontable y fanática, ¿están incluidas las mujeres o la multitud es un rejunte exclusivamente masculino?

En las calles, en las redes sociales, en los estadios, en una mesa de amigos, en las transmisiones deportivas y hasta en los campos de juego, muchas mujeres comenzaron a tomar un rol distintivo. Desplazarse del histórico e impuesto estereotipo se transformó en una nueva corriente para chicas que se apasionan por el fútbol.

Al mismo tiempo, la inminente inauguración de la Copa Mundial de la FIFA Brasil 2014, enciende el entusiasmo de otra gran parte del público femenino, que cada cuatro años toma posición de un lado del sillón frente a la tv, para disfrutar los partidos.

De acuerdo a una investigación de la firma Omnicom Media Group, integrada por agencias de medios, “las mundialistas” son las mujeres que siguen exclusivamente el evento y valorizan prácticas como los encuentros con amigos y familiares y el renacimiento del sentimiento nacional. Existen otros perfiles bien diferenciados: “las futboleras”, que comparten la misma pasión que los varones, y “las antifútbol”.

Pero dentro del mundo publicitario no sucede algo similar, las marcas vinculadas al fútbol y al deporte en general no apuntan directamente hacia el mercado de la mujer. Aún no encontramos anuncios que vinculen a balones y mujeres, todavía no abundan campañas dirigidas a las amantes del deporte número uno. Siquiera se destacan sitios deportivos femeninos.

Dentro de la publicidad relacionada al deporte el papel de la mujer sigue siendo secundario. Las marcas históricamente masculinas no esponsorizan a competidoras, jóvenes atletas ni a equipos femeninos. Una parte de la sociedad sigue creyendo en el estereotipo de que la mujer es más delicada, más sensible, más atractiva visualmente y no representa a dichas marcas. Hasta la indumentaria cambia de una categoría a otra.

Hoy en día las mujeres están batiendo récords que hace años eran de los hombres. El determinismo biológico no es tal si lo entendemos como una cuestión evolutiva en la que a la mujer le correspondían hábitos que no requerían del uso de la musculatura (supuestamente no salía a cazar, aunque hay instrumentos arqueológicos que apuntan a que sí). Esto ha cambiado.

Una porción importante de mujeres comenzó a incursionar en la práctica amateur, y hasta profesional, del fútbol o incluso en el arbitraje. Desde 1991, la Federación Internacional de Fútbol (FIFA) inauguró la copa mundial femenina, y en el mismo año la Asociación de Fútbol Argentino (AFA) regularizó un campeonato femenino, en el que compiten 15 equipos. Según un estudio realizado por la agencia alemana Sport+Markt, el 42% de los aficionados al fútbol en el mundo son mujeres.

Hay otro interés, existe otro atractivo, las chicas también son consumidoras directas de deportes. Quizás tengamos que esperar cuatro años más, hasta la próxima copa del mundo, para corroborar si alguna marca toma las riendas y lanza publicidades de fútbol que apunten notoriamente hacia ellas. Mientras tanto, el debate continúa.

Nelson Laffitte, nelson.laffitte@mediafem.com

Account Executive, MediaFem Argentina.

 

Fuente: http://blog.mediafem.com/2014/04/mujeres-futbol-y-publicidad-fin-del-estereotipo/

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¿Y si me permites caminar tranquila?

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¿Son los “piropos” una forma de violencia normalizada e invisibilizada contra la mujer? ¿Sería mejor llamar acoso callejero machista a los “halagos”? Por Marta González y Paula Vilella / Ilustraciones: Nanu Kübler, para Brecha Digital / Video: Hugo Meyer.

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11 horas. Salgo de casa. Subo a pagar unas cuentas. A dos cuadras, tras una verja de metal opaca, oigo silbidos y jadeos de varios hombres a los que no veo. Aprieto el paso.

11.15 horas. Regreso de pagar las cuentas. A la misma altura de la obra, pero en la acera de enfrente, un señor de unos 70 años se acerca a mi rostro y me dice salivando: “Ay, cómo viene el verano”. Me giro y le digo que es imbécil. Me contesta: “Si no te dije nada”. “Sí, me dijo.” “¿Cómo te puede molestar algo lindo?” “Porque no tiene ningún derecho a decirme nada.” La conversación transcurre mientras me alejo.

18 horas. Salgo de la casa de una amiga. Voy caminando por los alrededores del Estadio Centenario. Me cruzo con un joven en ropa deportiva que parece un universitario de clase media. Me mira de lejos con una sonrisa y cuando nos cruzamos suelta: “Pero cómo estás, ¿puedo ir contigo?”. Me giro y le hago un corte de mangas. “¿Qué pasa? Amarga, qué amarga que sos, y encima fea. ¡Tomá esta!”, y mueve las caderas como si me estuviera cogiendo a la distancia.

20.30 horas. En los alrededores de la Sala Zitarrosa, donde vamos a ver una obra de teatro, un par de jóvenes que en apariencia se parecen bastante al tipo de gente con la que me muevo, me llaman desde la otra acera. Van con mochilas y fundas de guitarra. Me acerco un poco porque me parece conocerlos. A dos pasos me dicen: “Pero qué linda…”. Me enfado. Me dicen que no me enfade. Les digo que se vayan a la mierda.

23 horas. Voy con la bici por 18 de Julio. Es verano y no hay nadie. En la distancia, un grupo de tres jóvenes, aparentemente en situación de calle, me gritan que a ver si los llevo en la canastita. Paso. Estoy cansada y enfadada.

***

Valeria está a punto de cruzar el umbral de su casa. Sabe que hoy no es un día distinto a los demás desde que le brotaron dos pechos del torso. Antes aun, seguramente. No es un día distinto aunque sea invierno o verano. Aunque vista minifalda o buzo de cuello alto. Aunque esté de buen humor o enfadada con el mundo. Mientras camina por la calle haciendo su vida, sabe que algún hombre le dirá algo en algún momento. Si es un simple “Linda” o un desagradable “Te partiría al medio, mamita”, sí que puede depender del día. Pero sabe que hoy no es un día distinto.

Desde la mirada persistente o los silbidos, o incluso el contacto físico. Al menos siete de cada diez mujeres han experimentado alguna forma de acoso callejero por parte de desconocidos en los países en los que la organización Stop Street Harassment ha estudiado el tema. En una encuesta virtual realizada para este reportaje y a la que respondieron 211 mujeres de Montevideo, más del 90 por ciento señaló que alguna vez le habían silbado, dicho comentarios sexualmente explícitos, mirado persistentemente, y halagado. A más del 60 por ciento le habían enviado besos volados, seguido, tocado o frotado sin su consentimiento, o realizado gestos sexualmente explícitos. El 40 por ciento respondió que desconocidos se habían masturbado en su presencia. Muchas de las historias que aquí recogemos son fruto de esa encuesta, aunque los nombres sean aleatorios.

El constante “piropeo” puede llevar a que las mujeres se cuestionen su forma de vestir, que busquen compañía masculina para caminar por la calle, que se mantengan en estado de alerta ante el acercamiento de cualquier hombre, o que cambien el itinerario previsto para evitar pasar por ese conflictivo punto en el que se saben expuestas. Rabia, frustración, impotencia y asco fueron los sentimientos más repetidos en el sondeo. Para algunas mujeres resulta indiferente, y otras, como Julia, afirman que hay gradaciones. “Me da mucho asco y rabia cuando me dicen alguna guarangada fea, hay veces en que si salgo de pollera me siento muy observada e incómoda, y debo admitir que cuando me dicen un piropo en una buena me siento halagada también.”

¿Son los “piropos” una forma de violencia normalizada e invisibilizada contra la mujer? ¿Sería mejor llamar acoso callejero machista a los “halagos”?

Corto Humorístico dirigido por Hugo Meyer que aborda el tema:

EL PAN NUESTRO DE CADA DÍA

Matilde apenas se acuerda de la primera vez que un desconocido la interpeló en la calle, pero desde entonces le ha pasado de todo. Aquel hombre que se masturbó en su presencia en la Estacada, de Punta Carretas. El trayecto a casa durante un caluroso diciembre en el que la atomizaron gritándole cosas de lejos. El día en que acabó llorando, cuando ese chico de la bici al que le preguntó una dirección a las dos cuadras intentó violarla. Primero se vive como un dato de la realidad. Simplemente sucede.

Seguidamente se naturaliza. “Si sos mujer, esperás que ocurra”, ese argumento forma parte de lo cotidiano. Por eso la línea entre el halago y la agresión es tan sutil y el nivel de tolerancia de las mujeres varía. La mayoría hace una distinción entre “el halago lindo que levanta el ánimo” y la grosería.

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